LA LEY SINDE
La polémica de los propietarios contra los usuarios vuelve a primer plano. Los parlamentarios van a la suya ignorando olimpicamente el foro de debate que se había producido en Internet y la mediación de de la Iglesia (Director de la academia de cine) que perseguía una ley consensuada. Los políticos exprimiendo su legitimación urnista, los propietarios defendiendo a ultranza la propiedad privada y los usuarios reclamando el derecho al uso y disfrute. Parece que la Edad media y la polémica por la tierra no acabarán nunca.
El postcapitalismo es una economía de servicios, de información y de imágenes. Imposible defender la propiedad como cuando esta recaía en tierras, objetos, máquinas etc. De la pizza pagamos que nos la traigan a casa; del teléfono, la línea, de la impresora, la tinta. En la TV lejos de ser los usuarios somos los clientes (la publicidad es para nosotros). El uso (como el consumo personal de ciertas drogas, como la prostitución) debería estar liberalizado. Otra cosa es que se persiga al pirata, al comerciante fraudulento, al camello, al proxeneta.
Urge deslindar uso, disfrute, utilización, explotación. Estamos en el mundo de la reproductibilidad técnica. El valor se ha separado del soporte. Las copias no valen (fisicamente) nada. No es posible aceptar que los derechos de autor se hereden. Son derechos (deberían ser) personalísimos. Si no se hereda el trabajo ¿porque se hereda el trabajo creador? El artista devuelve a la sociedad su trabajo creador en pago de lo que la sociedad ha gastado en formarlo. Bien que viva de ello (incluso que viva muy bien; también viven bien los ejecutivos) pero no a su patrimonialización más allá de la muerte. La creación no es un patrimonio (en todo caso de la humanidad) sino un trabajo, el producto de un trabajo.
El trabajo creador se merece la misma protección que el trabajo común. A nadie se le debe expoliar el fruto de su trabajo. Pero tampoco más, y sobre todo, no más allá de la existencia del individuo.
Quedaría todavía el tema del uso y disfrute de las obras inmateriales. En un sistema capitalista industrial, liberalizar el uso supondría (en muchos casos) la ruina del autor. (y su desaparición, lo que no parece muy conveniente). Pero en un sistema postcapitalista (de servicios) no parece tan difícil equiparar el trabajo creativo a un servicio y cobrarlo (probablemente indirectamente). Las nuevas formas de comercio en internet que cobran por publicidad en las páginas más visitadas puede ser una buena solución, los podcats de pago otra, pero hay y habrá muchas más.
Dentro de pocos años esta polémica será risible, como todas las polémicas que se producen en los cambios de tiempos. Lo que da valor a una obra de creación audiovisual es su éxito, el interés del público. Y donde hay interés del público hay dinero. Otra cosa es que los directivos de la SGAE, los políticos y unos cuantos autores anclados en las fórmulas de retribución decimonónicas (del capitalismo industrial), no sepan verlo. Pero esa es la historia de siempre.
La ley Sinde, como el canon audiovisual son los estertores de un sistema de propiedad privada que ha caducado. Si el urbanismo ha acabado con la propiedad privada absoluta con la introducción de la función social de la propiedad, ¿En que cabeza cabe que pueda conservarse en la creación artística? Ambas (la ley y el canon) pasarán a la historia como las barricadas de la propiedad privada.
ob-art Febrero 2011
